Y a veces parece que antes de ti no existía nada, porque la
vida empezó a tener sentido cuando te conocí y dejo de tenerlo cuando te perdí...
Y es verdad, porque desde que te vi con ese pelo largo, con
esa sonrisa que brillaba ella sola, y esa mirada que hipnotizaba; que me hacía
perderme entre mis pensamientos y querer saber los tuyos. La verdad, es que ese
día lo recuero como si fuera ayer. Mi timidez era tan patente como tu
vergüenza. Y aun ahora, después de… ¿un año, dos, tres?... Qué más da los años
que hayan pasado si a mí me parece una eternidad. Después de tanto tiempo, no
logro entender que fue aquello que hiciste para que perdiese por ti la cabeza,
y me volviese loca por ti, y solo por ti.
Supongo que apareciste en el momento adecuado, en el sitio
adecuado. Aunque no fue tan adecuado si acabamos así, quiero decir, cada uno
por su lado, negando lo que sentíamos, olvidando los días que pasámos
juntos.
Siempre pensé que eras especial, pero aun así, no había
llegado a imaginar que eras esa persona, mi alma gemela, el típico: “es él”.
Pero supongo que lo entendí tarde, o supongo que no quería entenderlo, tú eras
tan… tan… A lo mejor no eras tú, quizás fue la edad...
Quince añitos, esa edad que piensas que eres invencible.
Esa edad de hacer lo que quieras sin pensar las consecuencias, de creerte mayor, sin saber que eres
una mañaca. Pensábamos
que lo sabíamos todo de la vida y del amor, y claro, la respuesta de la vida
no iba a ser menos; la ostia no fue menos. Porque cuando tienes quince ó
dieciséis años solo quieres subir a la cima, y subir rápido, por si se gasta, sin
saber que luego la bajada dolerá.
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